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DESTINOS - Geiranger: Informaciones básicas para vuestra visita


Foto: Cruceristas y Cruceros
Queremos recuperar las vivencias que nos mandaron en su día nuestros colaboradores, en este caso voy a compartir las experiencias de TONET. El resumen lo tenemos de todo el crucero pero para no cansaros y que vuestro paso por el artículo sea ameno, lo hemos seccionado por escalas ya que de lo contrario sería un artículo interminable.

Esperamos que sea de vuestro agrado

Las escalas de este crucero y que os iremos ofreciendo una a una fueron:
Cada uno de nosotros tenemos una visión diferente del lugar que visitamos, incluso viajando en el mismo crucero, por lo tanto aquí tenéis la visión de nuestro amigo y colaborador Tonet.

GEIRANGER

Amaneció nublado. Fue sin lugar a dudas el día más difícil. El Gran Mistral huelga decir que llegó puntual. Estaba en frente del puerto a unos 200 mts. El desembarque se debía hacer en lanchas. La Jefa se comprometió con el transporte a las 8:30. En principio 3 horas de excursión. Desayunamos observando el entorno. Si todos los fiordos imponen, El de Geiranger es extremo porque está encunado entre paredes verticales.

A las 8:15 estábamos todos listos para desembarcar. Aquí tuvimos más dificultades. Porque el desembarque fue lento y el tiempo que disponíamos todos poco. Al final llegamos algo tarde al puerto, pero nuestro transporte estaba esperándonos. Más relajados pudimos contemplar el espectáculo, nuevamente verde, pero las cimas tenían acentuado el blanco de las nieves. Nuestro conductor Ángelo recibió la orden de la jefa con otro ¡GO!


La carretera hacia el monte Dalsnibba parecía por momentos más estrecha de lo que realmente era. Un camping y unas casitas aisladas, estaban incrustadas en pequeñas terrazas con vistas al fiordo más bonito del mundo. Al poco tiempo llegamos a una zona de descanso… El mirador Flydalsyuvet. Cuando ves las fotos de propaganda, con un día soleado y con buena luz, sueñas con tener la suerte de que te salga un día así. No fue nuestro caso; pero en directo, a pie de precipicio y escuchando las cascadas en surround, no desmerece en absoluto. La piel se me puso de gallina a pesar de tener el polar colocado. El fiordo de Geiranger es estremecedor, podíamos ver el Gran Mistral y otro crucero que acababa de llegar que parecían estar al pairo. Las cimas nevadas, con esas tiras de nieve azucarada que parecían resbalar al precipicio, me recordaban a una gran tarta. El Torrente Flydalsyuvet, que da nombre al paraje, se abocaba con estruendo hacia el camuflado lago que simulaba el fiordo. Por más que abría los ojos, no conseguía captar más detalles, en un colapso de belleza natural.

Las máquinas de fotos nuevamente refulgían por los destellantes flashes.

El paraje estaba preparado para recoger varios buses y dispone de un aseo público para alivio de los viajeros. Los quince minutos de permiso, los habíamos consumido en medio suspiro. Y efectivamente..., con un suspiro profundo y un ay! entre los labios, ascendimos a nuestro bus para continuar el recorrido hasta el Dalsnibba.

La carretera se estrechaba cada vez más mientras desaparecía el verde entre rocas vivas. Subíamos serpenteando mientras por la izquierda nuestro río rompía su cola en la roca negra.

Verde, gris y ahora Blanco. Todo Blanco, como era posible que en apenas unos kilómetros estuviésemos transitando por un paraje de hielo y nieve. Simplemente habíamos ascendido un escalón, ahora circulábamos por un valle blanco en la ladera derecha del Danilsbba. En nuestro frente una montaña de caída vertical hacía de respaldo a un lago helado. El lago Djupvatnet, se diferenciaba claramente por la superficie extremadamente lisa con respecto al entorno. Lo bello es totalmente subjetivo, No había verde, solo roca oscura y blanco. Nuestro día gris nos ayudó a transportarnos a un mundo en blanco y negro. Unas casas de paredes y tejados oscuros al borde del encunado lago nos indicaban un cruce de caminos.

Nos desviamos hacia la izquierda para iniciar un ascenso más angosto. Previamente nuestro conductor tuvo que realizar una parada en un peaje. Se paga por persona, coche y/o bus. Éste peaje estaba incluido en nuestro precio. La carretera desapareció, circulábamos por un camino de zahorra, aunque con una explanación buena, sin baches ni hendiduras.

Otra sorpresa nos aguardaba, el camino discurría por una trinchera de hielo y nieve que sobrepasaba la altura de los autobuses.

No entendía porque no había carretera, la respuesta la obtuve al llegar a la cima. Un rompehielos quitanieves estaba en la cima como retén de seguridad. Una máquina de éstas características y diseñada para comer hielo no parecía que fuese muy cuidadosa con un firme asfaltado. El peaje supongo que sirve para mantener ésta cobertura.

En la cima un viento gélido hizo que los esclavos de la familia Lester y Anny30, que hasta ahora lucían sus mangas cortas, saliesen del bus algo más abrigados. Era la prueba del algodón de que hacía frío. Estábamos en la cota 1500.

Una barandilla nos indicaba el mirador, el límite del abismo. Qué espectáculo natural, podíamos contemplar la cota cero. Allí abajo y a lo lejos estaba el fiordo de Gerainger con nuestro Mistralillo, minúsculo y casi de juguete. Distinguíamos el valle perfecto en forma de V. El agua del fiordo rodeada de verde, con las líneas de la vegetación perfectamente definidas en las laderas del valle. Luego piedra y en las cimas blanco. Pudimos contemplar la carretera serpenteante que ascendía hasta el monte en continuo zigzaguear. A nuestras espaldas todo hielo y nieve. Qué bonito.

Queríamos fotos más atrevidas y rebasamos nuevamente la zona segura para pisar nieve cerca del abismo en un pequeño saliente de roca firme. Nuestras botas de montaña nos ayudaron a no mojarnos los pies y a no resbalarnos. Fue espectacular.

El minutero como siempre corría en nuestra contra. Ángelo quería que parásemos en las casitas del cruce de caminos, pero la jefa le indicó nuevamente go!, teníamos que deshacer el camino y luego continuar hacia el Ornesvingen, el famoso mirador de la carretera del águila. Durante el descenso y antes de llegar al pueblo del Geiranger, nuestro conductor retuvo unos segundos el bus ante una cascada impresionante. Al llegar a Geiranger, pusimos nuestros cronómetros en hora, mentalmente.

A las 11:30 era la hora límite para subir todos a bordo.

Llegamos al mirador y nos dimos 5 minutos para esperar que el bus diese la vuelta y hacer las fotos de rigor. Si desde la cumbre del Dalsnibba es espectacular desde éste mirador en la cota 500 no desmerece nada. Lo definiría como un balcón con vistas al fiordo. Hacia la izquierda contemplamos nuestro barco y dos cruceros más. La belleza de la estampa con las nevadas cimas acurrucando entre dos manos al fiordo no tiene parangón. El mirador está dispuesto en el recodo del fiordo, al otro lado del recodo se podían ver cascadas de varios cientos de metros en caída vertical directamente al fiordo.

Nuevamente con el tiempo agotado y realizadas las fotos de rigor nos dirigimos como exhalación hacia el barco. Los minutos que nos sobraron los dedicamos a fotografiarnos por parejas delante de un gran troll con nuestro barco al fondo. Nosotros cumplimos, pero siempre debía haber excursiones rezagadas. No zarpamos casi hasta la 13:00. Previamente decidimos tomarnos un refrigerio en el bar de la piscina que nos sirvió de comida, porque no queríamos perdernos el tránsito por el fiordo entre Geirenger y Hellesylt. Acertamos nuevamente porque las vistas prometían ser espectaculares. Tres bocinazos ensordecedores nos dieron la señal de salida. Al cruzarnos con cada uno de los barcos atracados, nuevos bocinazos marcaban el saludo cordial entre marinos. Un ferri de la compañía Fjord nos saludo con un bocinazo más humilde, parecía un cascarón al lado del Mistral.

Las cascadas se sucedían una tras otra, a derecha y a izquierda, el Pretendiente, el Velo y las famosas Siete Hermanas; un Torrente de aguas vírgenes que acercaba a una familia hasta el altar del destino. Siete brazos se arrojaban al vacío con el deseo de extasiarnos entre riscos resbaladizos. La lluvia hizo acto de presencia obligando al refugio de gran parte del pasaje, sólo unos intrépidos conscientes de la belleza del lugar se mantuvieron firmes para intentar retener en la memoria ese momento.

El Gran Mistral casi a paso de hombre navegó por el fiordo para colocarse al pairo al abrigo de una mole a la espera de recoger a los cruceristas que embarcarían en Hellesylt. Sin lugar a dudas habíamos contemplado el fiordo más bello del mundo.





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