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Javier Bertrán - Compañía Ybarra - El comienzo de toda una vocación 2ª parte.


Javier Bertrán recibiendo un diploma de ajedrez de manos del Capitán Ormazábal
"Los momentos vividos jamás se borrarán de mi memoria"

En el año 1.954 se inició mi pasión por los barcos cuando mis padres y hermanos emigramos a Sudamérica, yo con tan solo 6 años descubrí lo que sería mi primera experiencia a bordo de un barco, el Cabo de Buena Esperanza. Como anécdota curiosa comentaré que durante la primera noche de la travesía, mis padres me dejaron durmiendo en el camarote y casualmente me desperté..., al ver que no estaban conmigo, salí del camarote en pijama y no se cómo llegué al salón de baile y allí los encontré, mientras que los pasajeros presentes en la fiesta me aplaudían, me eché a llorar del susto.

Entre los años 1.965 y 1.969 tuve el privilegio de hacer tres viajes trasatlánticos con el Cabo San Roque y Cabo San Vicente, últimos barcos construidos para Ybarra, el que ondeaba el pabellón español. Eran barcos mixtos de pasaje y carga, en aquella época se transportaba mucha mercancía y esto hacía que la duración de la travesía entre Génova y Buenos Aires durase 19/21 días, estando muchas horas en puerto para su carga y descarga.

Disponían de des formas de viaje, la primera clase denominada como cabin class y la segunda llamada turista. Cada una disponía de comedores diferenciados, salón de fiesta, bares y salón de lectura solo en la categoría de primera.

Las diversiones a bordo eran diversas como juegos de mesa, bingo, carreras de caballos por puntos, campeonatos juegos de naipes, ajedrez, damas. Los bailes de noche eran muy divertidos como por ejemplo el baile de sillas, del limón en la frente de la pareja hasta que se caía al suelo, etc.

La decoración era más bien austera pero elegante en aquella época. El "modernismo" de los años 60/70 se contrastaba muy bien con las maderas nobles, los bronces, cristaleras biseladas y obras de arte que nos recordaba con orgullo "esto es España".

Los camarotes con camas bajas y literas muy simples, en especial en la clase turista e incluso con camarotes para ocho personas. Las llaves de los camarotes se dejaban colgadas en un marco que había en los extremos de los pasillos.

El pasajero podía degustar en los restaurantes con comidas típicas españolas bien preparadas y carta en primera clase con buen servicio de camareros. Las cubiertas de paseo eran cómodas y acogedoras.

Resultaba muy divertido cuando el barco pasaba por la línea del Ecuador, con la fiesta del Rey Neptuno que se realizaba en la zona de la piscina, vestimentas acordes con el evento y después de los ritos y merengadas por todo el cuerpo nos bautizaban echándonos a la piscina. Por la noche fiesta especial en los salones donde hacían entrega de un diploma a los bautizados donde a cada uno le otorgaban un nombre diferente entre las especies marinas.

Los momentos vividos jamás se borrarán de mi memoria, tantos recuerdos, realmente tengo el honor y el orgullo de poder decir...

¡He viajado en una auténtica compañía española!

(ESTA ES MI HISTORIA)




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